Quimérico -Capítulo 1-

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Líneas paralelas

«En cuanto supo que ella estaba en problemas, él acudió a su rescate. Era un momento decisivo, aunque la respuesta fue tan espontanea que ni si quiera le pareció una decisión; a partir de lo que había visto, si cualquiera le preguntara si la magia existía, el cometería la insensatez de afirmar esa existencia. Por tanto, permitiría el nacimiento de la misma…»

Federico cerró el libro. Había leído suficiente, debía ser suyo.

—Este —susurró mientras pegaba el libro a su pecho.

El almacén de la tienda donde trabajaba siempre estaba atiborrado de cosas, “tienda de antigüedades” le llamaban, pero en realidad parecía más la casa de un acaparador con dificultad de desprenderse de lo que ya no necesitaba. De hecho, el almacén estaba tan lleno que los trabajadores fueron citados media hora antes de terminar su turno con la expresa orden de que se quedaran con cualquier cosa que fuera de su interés.

—¿Sólo llevarás eso? —le preguntó la dueña, mirando el libro y de vuelta a la caja de cosas que estaban por descartarse.

—No hay manera de que pueda llevarme más —respondió con seriedad.

Habiendo elegido lo que se llevaría, no pudo evitar poner atención en las cosas que estaba eligiendo su compañera. En ese momento tenía en sus manos una muñeca rusa que contemplaba con interés.

—¡Me llevaré lo que pueda! —su compañera puso la muñeca rusa sobre un par de vestidos y siguió buscando en la caja.

—Si no es algo que te interese o te sirva, no lo tomes —sentenció la dueña—. Estas cosas están aquí por un motivo, ya encontrarán la persona para la que son.

La dueña era sorprendentemente joven para tener una tienda de antigüedades, a lo mucho tendría treinta y cinco años de edad Sin embargo, su comportamiento era algo excentrico, tenía una visión casi religiosa sobre el papel de la tienda en la vida de los demás, y de esa forma, lo que estaba haciendo era un intento de salvar lo posible.

—Lo encontrarán, incluso si se van a la basura —añadió, aunque parecía más bien que intentaba consolarse—. Iris, asegúrate de que llevas sólo lo que quieres.

—Todo esto me llama la atención —Iris sacó una extraña capa que parecía tener siglos de antigüedad y un suéter rosa, mismo que se puso en el acto para no incrementar la pila de cosas que se iba a llevar.

—¿Estás seguro que solo quieres el libro? — volvió a preguntarle la dueña.

—Sí —Federico extendió la mano y le mostró el libro.

La dueña tomó el libro y acarició el lomo decorado con grecas doradas, deslizó la mano sobre la parte frontal sintiendo el cuero con el que estaba encuadernado y pasó rápidamente las hojas amarillentas de un lado a otro.

—Un cuento ilustrado —comentó para si— es muy bonito.

Sin añadir palabra alguna, se adentró más en el almacén y desapareció entre los estantes repletos de cosas. Todo esto llamó la atención de Iris, que se acercó a Federico en silencio.

—¿Sólo te llevarás eso? —Iris repitió la pregunta, como si no hubiera escuchado ya varias veces la respuesta— No todos los días podemos tomar cosas tan raras y bonitas.

—No veo nada más que me llame la atención —admitió él—, aunque también siento algo de pena tener que tirarlas.

—Extraño —ella sonrió con energía—, yo me llevaría todo si pudiera.

—¿Por qué elegiste lo que elegiste? —preguntó Federico porque creía que ella estaba esperando esa pregunta.

—La muñeca se vería bonita en una repisa.

—¿Y la capa?

—Eso es porque yo…

Ambos guardaron silencio cuando escucharon los pasos de la dueña acercarse, ella iba quejándose a cada paso. No era raro que ella se comportara como una anciana, pero parecía que lo que llevaba en las manos le pesaba mucho, era una enorme pila de libros.

—¡Estos! —Rápidamente extendió los brazos hacía Federico y poco después los soltó. Federico apenas tuvo tiempo de extender las manos y atraparlos. Efectivamente pesaban mucho— ¡Estos libros ahora te pertenecen! —decretó.

Tanto Federico como Iris se quedaron sin palabras, sólo mirándola con incredulidad.

—Es un grimorio, un libro de geografía, un libro de historia, un libro de ciencia y finalmente un libro de cocina. Todos perfectos para complementar tu libro de cuentos —explicó la dueña, sin responder la pregunta que realmente pasaba por la mente de sus empleados.

—Gracias, pero yo…

—No se diga más, son un regalo de mi parte —le interrumpió—. Creo que su turno se ha acabado, ya mañana elegiremos las cosas que se van a tirar. Debemos hacer espacio porque vamos a tener envíos muy importantes dentro de unos días y sería terrible no tenerles un lugar adecuado.

Otro día más posponiendo lo que debió hacerse hace una semana.

—¿Envíos? —preguntó Iris.

—Envíos para el cliente más importante— reafirmó la dueña.

Ambos tomaron sus cosas y salieron del almacén hacía la tienda, el sol del atardecer ya se colaba por entre los cristales dándole un aspecto cálido.

—No se preocupen por cerrar, yo lo hago esta vez.

Y dicho eso, les abrió la puerta a sus empleados para que salieran, salió detrás de ellos y comenzó a saltar intentando alcanzar la cortina.

—Sostenme un momento —Federico le entregó la pila de libros a Iris y ayudó a la dueña a bajar la cortina, que le agradeció con una sonrisa antes de poner el candado y meterse de vuelta al local por la entrada lateral.

Cuando se aseguró de que la dueña hubiera puesto el candado correctamente, volvió con Iris y le recogió sus libros (que debería ser sólo uno).

—Muchas gracias, disculpa que hayas tenido que esperar —Federico dio media vuelta y comenzó a caminar hacía su casa, que no quedaba muy lejos.

—¿También caminas hacía allá? —preguntó Iris, igualándole el paso y poniéndose a su costado.

—No sabía que tu casa también quedara en esta dirección —le comentó.

—Es que nunca salimos al mismo tiempo, como siempre se queda uno a cerrar… —explicó ella—. Es sorprendente descubrir que íbamos en la misma dirección todo este tiempo y no lo sabíamos.

—Sí, bastante curioso.

Se quedaron callados, porque no sabían nada del otro, ni por dónde deberían empezar a preguntar. Preguntas había muchas, pero aun así caminaron en silencio hasta que la noche lo cubrió todo y luego un poco más.

Ella fue la primera en llegar a su casa, una casa de dos pisos dónde una mujer madura la recibió en la puerta. Reparó un momento en Federico, únicamente mientras Iris se despedía agitando enérgicamente la mano, y luego cerró la puerta.

Luego Federico también llegó a casa, un viejo edificio departamental. Sacó las llaves del bolsillo y entró a la oscuridad de su departamento, acomodó todos los libros extras junto a la puerta, llevando sólo consigo su verdadera adquisición y se preparó una taza de café.

Se sentía ansioso por comenzar a leer nuevamente, el libro escrito por Arturo Toleido, famoso escritor, que escapaba a la colección que él creía completa hasta hace unas horas en la tienda.

No figuraba en ninguna librería, no había información de él en internet. Bien podría tratarse de una farsa, pero la prosa era totalmente igual a la de su autor y por tanto asumía que era genuino. Tenía en sus manos un libro de su autor favorito que casi nadie había leído ¿Qué más podía pedir?

Dejó la taza sobre la mesa de noche y se recostó en la cama, abriendo el libro dónde lo había dejado mientras lo revisaba en la tienda.

Antes de dirigirse al texto, un detalle captó su atención, una nota al margen que no había visto cuando lo había revisado:

«…y porque la magia existía, había sellado para sí un futuro miserable»

La letra era bonita y redonda, probablemente de mujer.

Estaba por retomar la lectura cuando escuchó golpes en la pared.

Los ignoró, seguramente era imaginación.

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